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PlanetadeLibros > La casa chica
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Ficha técnica
Fecha de publicación: 17/07/2017
216 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-3404-5
Código: 10196468
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Fuera de colección
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La casa chica

Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
S/. 39.00
Booket
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La casa chica no es sólo la realidad paralela de una vida amorosa, es también una metáfora acerca de la ambigüedad de la pasión.

Primer capítulo 

—Nos hemos hecho viejos, Perfecto. Siéntate, estás tan cansado como yo.

Perfecto puso la limonada frente al señor Emilio y aceptó su invitación a sentarse. Estaba en mejores condiciones que el patrón; no era un hombre de excesos y había dedicado su vida a atender al Indio Fernández. Aunque el señor Emilio insistía y le pedía «Llámame Indio, Perfecto», él no podía.

—En el nombre llevas la condición —se burlaba el señor Emilio.

Y aunque Perfecto sabía que sus fuerzas flaqueaban, que tenía que cuidarse la glucosa y que las piernas le dolían en las caminatas que todavía hacían, no declaraba su debilidad.

—Eres el único que me ha aguantado. Mis mujeres me dejaron solo —decía el Indio y daba un sorbo a su limonada—. Mira tú que acabar bebiendo limonadas, y solo en esta fortaleza.

Perfecto miró desde la silla del jardín los altos muros de piedra de esa casa arbolada. El señor Emilio la había construido con esmero, altiva y volcánica como él mismo, para guardar su mundo privado de muebles coloniales, de pinturas mexicanas, de cocina de brasero y comal, de patos en el estanque, de gallos de pelea, de periquitos enjaulados. Un mundo íntimo y ruidoso, para compartirlo con quienes hacían cine, cantaban o escribían y pintaban; con sus parejas, con sus hijos. Para hacer fiesta puertas adentro y no permitir que faltara la música, el tequila y las tortillas para acompañar los guisos, siempre preocupado por los platillos, por las flores. Un mundo cerrado pero abierto a la calle por el balcón de su recámara, abierto a la calle bautizada por él: Dulce Olivia.

—Qué remedio, señor Emilio —contestó Perfecto, retando al silencio de la calle cerrada donde estaba la casa.

—Seguirás llamándome igual, condenado; solo me dicen así mis viejas, y no todas. Cuántas veces te he dicho que no me ofende, que mi madre era una kikapú y que mi cara mestiza está sellada por esa marca nativa. La llevo con orgullo, Perfecto. Tú estás más güerito que yo.

Perfecto no podía tutearlo. Lo respetaba; lo había levantado del piso borracho, pero también había curado a la señora Columba de aquellos golpes. El señor Emilio escuchó su reprimenda. «Así no se trata a las mujeres, y usted lo sabe». «Claro que lo sé», se defendía el Indio descolocado, viendo el estropicio de sus arranques.

—Para mí son lo más bello, lo más delicado. Pero les toca estar donde les toca. ¿Por qué quieren vuelos de hombre? Yo las sé tratar como reinitas, mis reinitas. Nada más ven burro y quieren viaje. No se saben estar silenciosas, como a mí me gusta. Aunque las grandes señoras no merecen ni buscan un solo rasguño: Dolores, la Doña, o mi Olivia.

Perfecto tuvo ganas de decirle que fue el mismo Emilio quien espantó a las que querían quedarse: una por una entraron y salieron por la puerta grande.

—Yo las hice, hasta las que ya estaban marcadas por Hollywood.

Al cuidador, al mozo, al amigo de tantos años le hubiera gustado replicar que ya ni la amolaba, cada vez enamorando una nueva, bajándole el cielo y las estrellas y luego acabando en pleito. El Indio pareció leerle el pensamiento:

—Mira que empezar con una chiquilla y acabar con otra. No sé por qué me daba por las quinceañeras. Perlitas virginales, las podía hacer a mi hechura. A los hombres que nos forjamos solos nos da por esculpir; a los directores de cine, más.

Perfecto no dijo nada. La última esposa, Beatriz Castañeda, solo quería escuchar rock and roll y cualquiera diría que se aburría como prisionera en la Fortaleza de Coyoacán. Con ella no tuvo tiempo de encariñarse: era como una niña caprichosa, y para niñas ya había tenido a las hijas del señor Emilio —Adela, Jacaranda y Xóchitl—, y de tanto llorar la muerte de Jacaranda no quiso saber más de jovencitas. Cuando trajo el patrón a la seño Beatriz, a Perfecto le subió la glucosa; tuvo que tener cuidados extra. A quién se le ocurría otra vez una chiquilla: solo al señor Emilio.

—Así estamos bien, amigo. Con tal de poder seguir caminando por Dulce Olivia, puedo acaramelarme los días. Porque no me voy a morir así nomás, aunque otras lo quieran. Faltaba menos: todavía tengo una tarea pendiente.

 

 

QUINCEAÑERAS

 

Nada más verla, al Indio se le alborotó el deseo: se llamaba Gladys y era cubana, hija del coronel José Pablo Fernández Domínguez. Solo tenía dieciséis años, pero el Indio todavía era joven aunque ya corridito. Los años de Hollywood le dieron seguridad: empezó como extra y ganó el aprecio de directores y guionistas, su habilidad para bailar y su temeridad para sustituir a otros lo colocaron en los escenarios. Fue en La Habana, baile y baile, como bien lo sabía hacer, que quiso quedarse con la más joven y bonita. Su padre el coronel se convenció de que Emilio sería un buen yerno mientras fumaban puros bajo la veranda y compartían sus experiencias de batalla, uno como libertador de la Cuba española, el otro como teniente delahuertista en la Revolución mexicana; para más señales, hijo de militar.

El Indio tuvo que pasar al otro lado, huyendo de la persecución a quienes estuvieron con Adolfo de la Huerta en la rebelión contra Obregón en 1924 y fue gracias a eso que entró a trabajar en Hollywood. Todo se lo debía a su veta militar y bailarina, le salía bien el tango; mejor que a Valentino. Y así, bailando sedujo a la señorita Gladys, que no tenía más que acatar las decisiones de esos dos combatientes. Su juventud ayudaba; su alegría también.

Cuando en México, enamorados, iban al Castillo de Chapultepec, jugaban a ser Maximiliano y Carlota: corrían de un lado a otro del corredor que permitía ver el bosque y la avenida Reforma a lo lejos, Gladys entusiasmada le decía «mi emperador» y el Indio lisonjero la chuleaba y le quería levantar aquellas faldas largas y amponas que los dos imaginaban. «Vámonos a tu cama de latón, Carlota». «Tienes que gobernar, Maxi», contestaba ella. Se reían mucho con las ocurrencias del Indio, que ella festejaba divertida, pero también padecía sus maneras de corregirla.

—¿Quieres salir en el cine, sí o no? Pues deja de comer tantas tortillas.

Gladys estaba encantada con la comida en casa del Indio, los braseros donde siempre hervían frijoles, los guisos de chiles rellenos, flores de calabaza, pipianes y almendrados que nunca había probado. Frente a su marido fingía abandonar las tortillas, pero a media mañana se escabullía a la cocina y mientras platicaba con las criadas se comía dos o tres tacos del guiso del día. Le gustaba ver a los patos en el estanque, aunque sintiera cierta nostalgia por el mar azul de su isla.

—No ves que estoy embarazada, Emilio.

—¿Y qué?, ya con la barriga de niño tienes bastante. Gladys tenía que cuidarse y vigilar su embarazo, y aunque el Indio la dejaba a veces llorosa, luego irrumpía en casa con tantas flores que no había florero ni cubeta que aguantara todas aquellas azucenas y nardos; la casa olía delicioso, pero el embarazo le volvía atosigante ese perfume natural. Deben haber sido esos malestares o que no estaba en los escenarios porque de pronto, en las cenas que daban en casa, junto con Gabriel Figueroa, Pedro Armendáriz, Diego Rivera, Lupe Marín y María Izquierdo, aparecía Dolores del Río y Gladys se encelaba.

—¿Tú sabes lo que significa que Dolores acepte actuar en una película mía?

Gladys nada más le daba la espalda cuando subían a la recámara después de esas comilonas.

—No me desaires, chiquilla, que eso es una grosería, ¿acaso comprendes que alguien de la nada tenga la oportunidad de dirigir, como a mí me tocó, La isla de la pasión? Si no fuera por eso no te hubiera conocido; ese 1941 me hizo director y a ti mi esposa. Y si pones esas carotas, no habrá manera de que logre que Dolores haga de mexicana de pueblo.

Gladys admiraba la elegancia de Dolores del Río, le parecía tan inalcanzable que su corazón latía brioso, a punto de desenjaularse; trataba de creerle al Indio y de ser cortés con la señora, pero su entraña le decía otra cosa. Por eso cuando Emilio llegó muy de mañana aquel día, sin haber dormido en casa, la encontró sentada en el recibidor, con las ojeras hasta el piso y el pelo descompuesto; esparcidos por el piso de barro estaban los barrotes de carrizo de aquella jaula inmensa que él le regalara. Gladys se había esmerado en alimentar a la paloma que su marido le diera como tributo de amor al comienzo de su dicha. La paloma tibia y viva era una prueba de amor. Luego supo que no era la única que recibía esos obsequios: lo mismo rebozos de seda que canastas llenas de frutas o jaulas de carrizo llegaban a las mujeres del Indio.

—Seguro a Dolores le regalaste una igual.

El Indio ignoró sus berrinches de jovencita. Venía de estar con una mujer hecha y derecha, a la que no tenía que poner a dieta ni explicarle quién era Picasso, Rivera o Revueltas. Una mujer que había cedido su ropa interior de seda a sus manos diestras, a sus lisonjas de mexicano adorador de hembras y que acabó aceptando ser su Flor silvestre bajo los cielos de nubes retozonas, entre las milpas y las mujeres enrebozadas de la película que filmaría Gabriel. La convenció de que Armendáriz, Figueroa y él eran los precursores de un cine que habría de colocar a México en letras de oro, que Hollywood estaba en crisis con aquella cacería de brujas que ahuyentaba a sus talentos. «Es tu tierra, Lolita. Aquí serás más grande». Los besos y las caricias fueron el argumento decisivo, las palabras y las certezas. La hizo suya esa noche, sería suya en la pantalla.

Pasó por encima de los carrizos desparramados, ignorando los destrozos de Gladys; ya se le pasaría.

De aquella jaula de carrizo huyó la paloma, más doméstica que salvaje. La alegría de Gladys también se iría tiempo después, junto con la de la pequeña Adela, hija de los dos, lejos de la Fortaleza.

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Sinopsis 

Ocultas de la vida pública y, si acaso, ligeramente turbadas por los murmullos de los enterados, algunas de las pasiones amorosas más emblemáticas del agitado sigloxxen México vivieron alejadas de las miradas inquisitorias.

Artistas, intelectuales y políticos cuya obra y decisiones aún perduran componen este retablo de relatos que van del blanco y negro del celuloide a los vibrantes colores de la fotografía y la pintura, de los pasillos de una secretaría de Estado a los del Toreo de la Condesa, de los viajes por barco a Europa a los aviones privados, de las residencias campestres en el naciente barrio de Polanco a los edificios de Nueva York. Historias de personajes cuya fragilidad los llevó a rendirse ante la pasión y el poder de la intimidad.

Secretos, anhelos, perversiones, confesiones e incluso algunas de las decisiones que forjaron la historia del país se gestaron entre las discretas paredes de una casa chica. 

El autor 

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México, D.F., 1955

Otros títulos del autor 

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