En el imaginario del siglo pasado, el periodismo era un oficio más que una profesión, un estilo de vida ejercido en el límite; entre el día y la noche, la salud y el exceso, lo público y lo privado, y no pocas veces entre lo inmoral (junto con lo a regañadientes permitido) y lo ético.
Mucho de eso ha cambiado, no sabemos si para bien —¿quién puede saber ese tipo de cosas?—, pero lo...








